MONTEVIDEO.- El debate sobre el famoso “impuesto a los ricos” no termina de apagarse, pese al empeño del presidente Orsi y su ministro de Economía. Se trata de una verdadera tragedia, ya que cada día que el tema sigue en el tapete, es dinero que se va, o que no viene al país, dañando las posibilidades reales de progreso. Pero en los últimos días, los impulsores de esta propuesta funesta, apelaron a uno de sus elementos más simples, y por ende, errados: el sentimentalismo.
Una columna publicada en el semanario Búsqueda, e inmediatamente replicada por todos los diletantes que fogonean esta idea, esbozó la línea de pensamiento que se busca imponer. Señalaba: “¿Tenés hijos? Bueno, cerrá los ojos e imaginate a tu hijo acostándose con la panza haciendo ruido (…) viviendo en una casa de chapa y piso de tierra”. Cuando se analiza un impuesto, como cualquier política pública, hay que ver de manera fría y objetiva los efectos reales que eso genera, separándolo de manera muy clara de las intenciones y gustos de quien lo implementa. No hace falta leer a Maquiavelo, alcanza con leer la historia reciente donde sobran los casos de aquello de que “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.
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