
La central nuclear de Lemóniz, ubicada en el norte de España, fue concebida como una instalación puntera en la que se invirtieron miles de millones. Sin embargo, nunca llegó a operar.
Con casi todo listo para que sus dos reactores comenzaran a recibir uranio y producir energía, el proyecto fue aparcado de manera indefinida.
La central, construida con costosos materiales y equipos, quedó abandonada en un hermoso paraje costero de la provincia vasca de Vizcaya.
Como parte del plan del régimen del general Francisco Franco para construir centrales nucleares en el país, Lemóniz debía contribuir a satisfacer la creciente demanda de energía durante una época de crecimiento económico.
Sin embargo, tras la muerte de Franco en 1975 y el inicio de la Transición a la democracia en España, surgió un amplio movimiento antinuclear que organizó multitudinarias protestas exigiendo la paralización de la central.
El conflicto se intensificó con la aparición de ETA, el grupo armado separatista que buscaba un País Vasco independiente y llevó a cabo atentados para forzar al gobierno español a desistir del proyecto.
En 1984, el gobierno del socialista Felipe González ordenó detener la construcción de todas las nuevas centrales nucleares proyectadas.
Desde entonces, Lemóniz ha permanecido entre los acantilados donde se levantó, como un vestigio de una época convulsa y una herencia incómoda con la que no se sabe qué hacer.
Las ruinas de la central acumulan óxido y humedad, convirtiéndose en refugio para aves marinas mientras se espera una decisión sobre su futuro. Los surfistas de la zona la llaman “La Central” por su ola favorita.
En 2019, el gobierno español transfirió la propiedad de las instalaciones al gobierno autónomo vasco. Desde entonces, se han discutido planes para darle un nuevo uso, desde convertirla en una piscifactoría hasta construir un estacionamiento.
Sin embargo, estos planes no se han concretado y la central abandonada sigue siendo un tema delicado. El alcalde de Lemóniz, Jesus Mari Azurmendi, ha señalado que los vecinos prefieren no hablar mucho de ella debido a su carga negativa.
Valentín Elórtegui, un residente local, ha propuesto recuperar el espacio como patrimonio cultural y organiza una romería anual para recordar la cala de Basordas, que fue sepultada por la construcción de la central.
La arquitecta Carmen Abad también ha promovido un proyecto para rehabilitar la bahía y mantener los edificios de los reactores, pero hasta ahora todo sigue en fase de propuesta.
El alcalde ha pedido al gobierno autónomo que abra un proceso participativo para decidir el futuro de la central, enfatizando que es parte de la historia de la comunidad.
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