
La desigualdad es uno de los problemas más complejos y desafiantes de nuestra civilización globalizada, a pesar de los avances científicos y tecnológicos que consideramos parte del “progreso”. Este fenómeno se manifiesta como un estigma, una herida que persiste en diferentes aspectos de la existencia: económico, racial, religioso, así como en cuestiones de género y discapacidad. En todos estos ámbitos, la desigualdad afecta a sus víctimas, robándoles dignidad y libertad.
Una posible hipótesis para explicar este fenómeno es que la desigualdad tiene un origen psicológico común: existe porque no nos percibimos como iguales. Iguales en valor y dignidad, vulnerables y necesitados unos de otros. Si nos viéramos como iguales, no toleraríamos la desigualdad social, considerándola una injusticia inconcebible. Las diferencias serían vistas como cualidades que nos distinguen, no como barreras que nos separan.
La lógica narcisista divide al mundo en categorías de “yo o el otro”, generando confrontación y exclusión. Esta lógica no permite la convivencia y el diálogo, que resaltan lo común y construyen unidad. El deseo de dominación y superioridad es una actitud que se manifiesta en diversas formas, desde la discriminación por raza hasta la violencia de género.
El concepto de “gente pobre” se ha naturalizado como una forma de discriminar. No existe una condición de pobreza inherente, sino personas empobrecidas por la desigualdad de oportunidades. El progreso en ciencia y tecnología no beneficia a toda la población, ya que el 40% de la humanidad aún carece de acceso a agua potable.
El individualismo y la aceleración tecnológica nos han igualado de una manera superficial, convirtiéndonos en consumidores indiferentes. La verdadera igualdad se construye a través de un sentido de comunidad y pertenencia, donde cada individuo es valorado y respetado. La pregunta que queda es si como seres humanos podemos evolucionar hacia una visión de igualdad o si estamos condenados a perpetuar la desigualdad y el conflicto.
Por Miguel Lagos, psicólogo
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