
Medio año después del regreso al poder de Donald Trump, se aproxima un escenario temido en relación con la invasión de Ucrania: una negociación directa entre los presidentes de EE. UU. y Rusia, a la que no han sido invitados Volodímir Zelenski ni líderes europeos. La debilidad geopolítica de Europa es evidente, pero no hay precedentes de conflictos regionales que se hayan gestionado sin la participación de las diplomacias europeas.
Históricamente, acuerdos como los protocolos de Minsk, el alto el fuego en Georgia, la Conferencia de Rambouillet para Kosovo o la paz de Dayton en Bosnia, han contado con la implicación directa de la Unión Europea y otras instituciones europeas. Actualmente, la exclusión de estos actores es una prioridad para el Kremlin y, lamentablemente, también para la Casa Blanca.
Recientemente, Washington desairó a sus aliados al impulsar un pacto entre Armenia y Azerbaiyán que excluye a la UE de la gestión económica de la región. Esto indica que, si EE. UU. actúa de manera unilateral en el Cáucaso, es probable que ignore a Europa en la negociación sobre Ucrania. La visita de Putin a EE. UU. es un hecho significativo tras tres años y medio de sanciones.
Ante esta situación, Europa puede hacer poco a corto plazo más que expresar su postura, como lo hizo en la cumbre de Berlín, donde se buscó apoyar a Zelenski en caso de que se discutan condiciones desfavorables para Ucrania. La historia juzgará a Europa si no aprende de su actual situación de marginalidad.
A pesar de los logros de 75 años de integración, Europa ha descubierto su vulnerabilidad ante Rusia y su dependencia de EE. UU. en los últimos meses. La derrota de Ucrania significaría una crisis moral y el fortalecimiento de Rusia, lo que afectaría la seguridad en gran parte del continente.
Los europeos han aceptado varias humillaciones ante su protector teórico, como la reciente aceptación de un arancel del 15% sin medidas recíprocas y el compromiso de destinar el 5% del PIB a defensa, mientras EE. UU. reduce su gasto. Ahora, quedan al margen de las negociaciones sobre una guerra en la que se juegan mucho más que otros actores internacionales.
El futuro dependerá de si Europa aprovecha este momento para fortalecer su unión en política exterior y desarrollar capacidades militares que garanticen su seguridad. La respuesta a lo que se decida en Alaska tendrá repercusiones significativas para el derecho internacional, la no proliferación nuclear y la estabilidad política y económica en Europa.
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