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El pragmatismo de la motosierra y el “jogo bonito” de la socialdemocracia

Javier Milei se ha declarado “bilardista” en más de una oportunidad, y es interesante descubrir las similitudes que aparecen al cruzar parte de las vidas públicas del Presidente y Carlos Salvador Bilardo.

La Doctrina Bilardista se escribió en los años 80 como un manual de perseverancia y fe en el proceso. A su llegada a la selección argentina, Bilardo encontró un equipo que arrastraba largos fracasos, y una prensa y un público escépticos. Ante los primeros tropiezos, los críticos se volvieron intolerantes y, sin considerar el poco tiempo transcurrido, demandaron éxitos inmediatos. Sin embargo, Bilardo hizo frente a las críticas y a las urgencias, e instaló un nuevo mantra: el éxito requería tiempo y férrea disciplina. Con metas claras y un plan de trabajo inalterable, demostró que el jogo bonito, el que supuestamente contenía el gen argentino, había entrado en una profunda crisis ante la ausencia de resultados positivos.

La democracia, en su esencia, tiene un componente “bilardista” claro: exige paciencia y desconfía de los fuegos de artificio. Hace un año y medio, la motosierra del presidente Milei irrumpió prometiendo desterrar los males del pasado con cirugía mayor y sin anestesia. Su programa de trabajo, rígido y exigente, se impuso frente al jogo bonito de una socialdemocracia que no logró conjurar el tsunami de la inflación galopante.

Es ilógico exigirle resultados inmediatos a un gobierno que busca revertir décadas de desorden, tal como se criticaba el juego mezquino de Bilardo sin considerar que su equipo estaba en formación y su plan en plena ejecución. El metabolismo democrático es un proceso con etapas y tiempos que deben ser comprendidos y respetados por toda la dirigencia. Si el Gobierno logra torcerle el brazo a la bestia de la inflación y controla y reduce el gasto público, merece el beneficio de la duda y el respeto por los tiempos que impone la realidad económica, más allá del calendario electoral o la impaciencia coyuntural e interesada de la oposición.

Sin embargo, la Doctrina Bilardista a la que el Presidente adhiere se nutre también de facetas no tan elogiosas: la de llevar la rivalidad al extremo, jugar al límite del reglamento o directamente pisotearlo para lograr el triunfo. Para Bilardo, el adversario era casi un enemigo a vencer por cualquier medio. Milei toma esta bandera y va un paso más allá: deshumaniza y busca destruir al rival. Alucina con “Mandrilandia” y denuesta al contrario sin piedad ni educación.

Este principio del “ganar como sea”, “pisando” y odiando al que piensa distinto o informa de manera independiente y honesta (“No odiamos lo suficiente a los periodistas”, afirma sin tapujos utilizando el acrónimo “NOSALP”), creyendo que el diálogo es una debilidad, que el consenso es una claudicación, que el que tiene otras ideas es un traidor al que hay que insultar, destratar y exiliar al país de los mandriles, es lo que drena la energía de este gobierno.

El grito desaforado, la grosería lisa y llana, el insulto gratuito y el destrato al prójimo (aunque se declame el respeto irrestricto a su proyecto de vida) generan muchos más costos que beneficios. En la era adolescente de lo inmediato y efímero, el discurso del odio y la destrucción fluye y se replica hasta el infinito en el caos aparentemente inofensivo de la virtualidad, donde sus ecos carcomen las estructuras morales y normativas que cimentaron nuestro país. Así como se repite con acierto que tomar deuda en forma indiscriminada es inmoral, lo cierto es que tan inmoral como eso es promover desde la cima del poder el colapso de la educación ciudadana y de los modales civilizados, la destrucción del diálogo y el consenso como vías de armonización de ideas y acciones en sociedad. Eso afecta nuestra calidad democrática y condenará a nuestros nietos a vivir en un país donde el odio y la agresión estarán totalmente naturalizados, donde se habrán cortado, definitivamente, los pocos hilos que aún nos mantienen unidos.

La democracia no puede ser un monólogo de confrontación, por más eficaz que parezca este en la tarea de construir poder. La democracia es una polifonía de voces que deben confluir en un punto de encuentro. Los procesos deben respetarse, pero también la vigencia de la pluralidad y la dignidad del otro, aunque sus clamores de jogo bonito y sumisión a las reglas parezcan una ingenuidad frente a la urgencia de la batalla que se libra para reconstruir un país en ruinas.

En las últimas semanas, Milei declaró que dejaría las agresiones de lado. Y, sin lugar a dudas, la concreción de esta promesa constituiría una gran noticia para una sociedad atascada en el fango de la lucha política. Pero habrá que aguardar un tiempo prudencial para saber si tras esa declamación anida un súbito despertar de tolerancia democrática o, en cambio, solo se esconde una rancia y burda estrategia electoral, digna de un político de pura casta. La develación del misterio ocurrirá el 7 de septiembre, cerca de las 23 horas.

Ojalá que el Gobierno advierta a tiempo la gran paradoja de la Doctrina Bilardista: es insano promover una revolución basada en un proceso riguroso que requiere convicción, paciencia y cohesión social, mientras al mismo tiempo se estimulan la agresión y el desprecio por el adversario. Por más resonantes que sean los triunfos en las primeras batallas, el odio y el rencor nunca construyen un legado duradero. Solo lo que se gane con consenso, respeto y educación quedará para siempre.

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