
A 25 años de la final Intercontinental que enfrentó a Boca Juniors y Real Madrid, la figura de Juan Román Riquelme y los recuerdos de aquella gesta siguen generando interés. La actuación consagratoria del número 10, así como los objetos que marcaron ese partido, continúan dando la vuelta al mundo.
La pelota de Riquelme: un tesoro subastado
Durante aquel encuentro, Riquelme protegió la pelota como un tesoro. Tras la victoria, se llevó a casa el balón firmado por sus compañeros, un recuerdo imborrable de una noche gloriosa. Este balón, al igual que su actuación en Japón, se convirtió en una reliquia del club. Recientemente, la pelota fue subastada en Escocia por un coleccionista.
El balón llegó a manos de un coleccionista de Racing, quien en septiembre de este año la subastó en un sitio escocés.

La camiseta: una prenda que vale oro
Otro objeto de deseo es la camiseta utilizada por Riquelme en aquel partido. Un hincha, poseedor de la prenda, asegura que no la cambiaría por nada.
Veinticinco años después, todo adquiere un valor mayor y los relatos alrededor de ese partido siguen emergiendo como parte de un legado que no deja de crecer: la camiseta quedó en manos de un hincha que, asegura, si no la tuviera entregaría más de 300 prendas por poseer esa pieza irrepetible.
El partido: métricas de un 10 único
El rendimiento de Riquelme en la final se magnifica con el tiempo. Sus números hablan por sí solos: alta precisión en los pases, una asistencia clave y pocas pérdidas de balón. Su actuación fue clave para la victoria de Boca.
Con 22 años, Riquelme firmó aquel 28 de noviembre de 2000 una de las mejores exhibiciones de su carrera, a la altura de la semifinal de vuelta de la Libertadores 2001 contra Palmeiras, en San Pablo, cinco meses antes, y de la final de la Copa Libertadores 2007, en Porto Alegre, frente a Gremio. Con la 10 en la espalda, Román brilló por primera vez ante los ojos del mundo y contribuyó con su fútbol a una de las victorias más memorables del fútbol mundial: el triunfo 2 a 1 contra el Real Madrid de Vicente del Bosque, que reunía a figuras del calibre de Iker Casillas, Roberto Carlos, Luis Figo y Raúl, la base del plantel que, con la llegada de Zinedine Zidane, ganaría la Champions 2001/2002 y daría inicio al origen de los Galácticos.
Aunque los goles fueron de Martín Palermo -uno a los tres y otro a los seis minutos del primer tiempo, tras pase de Riquelme-, el 10 fue, para la enorme mayoría, el gran artífice de aquella gesta memorable. No únicamente por la habilitación quirúrgica para el Titán, que definió cruzado para estirar la ventaja, sino también por su función en la segunda mitad, cuando asumió el control absoluto del partido, manejó los tiempos del equipo y distribuyó el juego con autoridad, regalando destellos de su talento para deshacerse una y otra vez de la marca de Claude Makélélé, el congoleño que solo pudo frenarlo con falta.
La computadora de Riquelme
Llevado a los tiempos modernos, la planilla de Riquelme en aquel partido mostraría 63 toques de balón, con 44 pases totales y 41 completados. A eso se suman cinco remates -todos al arco-, una asistencia, ocho córners ejecutados y 14 regates intentados, con un 100% de efectividad. Recibió siete infracciones, todas en campo rival; perdió cuatro pelotas, recuperó una, cayó una vez en offside y ganó un duelo aéreo.
“Contra el Real Madrid fue una maravilla. Hice lo que me gustaba. Tuve un entrenador -por Carlos Bianchi- que nos hizo competir y creer que es fácil ganar la Copa. Por culpa de mis compañeros tuve la suerte de que los hinchas me tuvieran cariño”, contó Riquelme en 2023, antes de asumir la presidencia de Boca.
Tras el partido, que terminó cuando Casillas se preparaba para sacar largo en busca del empate, un auxiliar del club rescató la pelota y la llevó al vestuario de Boca. Allí, Riquelme -que había cambiado su camiseta del segundo tiempo con Luis Figo, porque Cacho, su papá, era fanático del portugués- también quiso quedarse con el balón y, ya de regreso en Buenos Aires, pidió que todos sus compañeros la firmaran, incluso aquellos que no habían jugado. Era el modelo Tricolore, de la marca de las tres tiras, el mismo que se había utilizado en el Mundial de Francia.
La pelota permaneció en su poder durante años, hasta que, por distintas situaciones personales, dejó la casa en la que vivía y perdió contacto con ella. Tiempo después, fue adquirida por Hernán Giralt, reconocido coleccionista de camisetas de Racing que también reúne piezas de otros clubes, tanto del fútbol argentino como internacional.
Pasado un tiempo, Giralt decidió desprenderse de algunos de sus joyas y, en septiembre de este año, envió la pelota a Escocia para que el famoso subastador David Convery, conocido por haber adjudicado la Copa FA más antigua que se conserva por un precio récord de 488.000 libras esterlinas y la camiseta de Pelé usada en la final del Mundial de 1970 por 175.750, la ofreciera al mejor postor.
LA NACION se comunicó con Convery para intentar dar con el nuevo dueño
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