
El olor de una colonia, una habitación o un plato de comida puede evocar recuerdos y transportarnos en el tiempo. Esta conexión entre el olfato y la memoria ha llevado a investigaciones sobre cómo oler videojuegos, el cine e incluso Internet. Sin embargo, la experiencia de oler la antigua Roma sería definitivamente desagradable.
Olía fuerte. Thomas Derrick, doctor en la Universidad de Macquarie en Australia, sostiene que la antigua Roma habría resultado extremadamente maloliente para cualquier persona en la actualidad. En declaraciones a RNZ, el investigador especializado en la vida cotidiana de ese periodo histórico afirma que “probablemente, olía bastante mal”. Pero, ¿hasta qué punto?
“Olerías desechos humanos mezclados con humo resultante de la quema de leña, excrementos de animales y otras cosas pudriéndose y descomponiéndose”.
¿Y las cloacas? No había una única fuente de esos malos olores, sino una combinación apestosa de factores. Roma contaba con un sistema de cloacas, como la ‘Cloaca Máxima’, pero no eran como las que imaginamos hoy, sino más parecidas a desagües fluviales que evacuaban el agua estancada de las áreas públicas.
Derrick asegura en un artículo para The Conversation que “podemos asumir, con bastante seguridad, que los propietarios no tenían letrinas conectadas a las cloacas en las grandes ciudades, tal vez por temor a la entrada de roedores o a los malos olores”. Además, los gases de los desechos, como el metano, podían entrar en las casas, lo que representaba un peligro de explosión debido a las lámparas de llama que se utilizaban.
No se desperdiciaba nada. Es probable que los más humildes tuvieran un pozo negro cercano, donde se arrojaban tanto heces como basura. La orina se arrojaba desde las ventanas de los edificios, y los animales de trabajo también contribuían a la acumulación de desechos en las calles.
Algunos profesionales recogían heces para usarlas como fertilizantes, mientras que la orina se aprovechaba para lavar la ropa, gracias a su riqueza en amoníaco.
Parches para la caca. Las calles estaban llenas de excrementos, y para sortearlos, se colocaban grandes piedras que permitían a los transeúntes y animales cruzar sin ensuciarse. En Pompeya, por ejemplo, se pueden ver estas piedras en las calles.
Humanidad. Derrick menciona que el olor de las ciudades romanas no solo provenía de las heces, sino también del sudor corporal. Los baños públicos, aunque eran lugares de reunión, no eran tan higiénicos como se podría pensar. Los romanos utilizaban una herramienta llamada estrígil para la higiene personal, y los residuos se arrojaban al suelo o al agua.
Siempre hubo clases. Las élites romanas podían permitirse perfumes elaborados con grasas animales y vegetales impregnadas de aromas. Mientras las clases populares lidiaban con pozos ciegos, algunas casas ricas tenían conexión directa con el sistema de alcantarillado.
El olor de la antigua Roma, aunque para nosotros sería nauseabundo, era parte de la vida cotidiana para los romanos. Esa experiencia olfativa, que evoca recuerdos y sensaciones, es un recordatorio de las diferencias entre clases y modos de vida en el pasado.
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