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Ritos para combatir un sesgo perjudicial

Es posible que asumamos muchas cosas y personas como garantizadas. No se trata de un juicio de valor, es una realidad compartida. Harper Lee expresó algo tan cierto que duele en su obra Matar a un Ruiseñor: “Uno no ama respirar”. Es complicado traducir, especialmente sin contexto. Así que aquí va: Lee dice: “Hasta que temí perderlo, nunca me gustó leer. Uno no ama respirar.”

Asumimos desde la buena salud que disfrutamos hasta esa persona que parece acompañarnos desde siempre.

Es un sesgo del que sería difícil prescindir. Ya tenemos suficientes preocupaciones como para preocuparnos por lo que sí tenemos. Sin embargo, como todo sesgo, tiene un lado oscuro.

De todas las cosas que damos por sentadas, la más intangible es el tiempo. Todos creemos tener tiempo. Nos conmueven las historias que demuestran el error de olvidar que el tiempo huye, pero pronto archivamos el asunto. No tenemos tiempo para pensar en el tiempo; y pensar en el tiempo lleva tiempo.

¿Cuál es el sentido, además? No solo no podemos controlarlo, sino que, para añadirle suspenso, nadie sabe cuántas horas le tocarán en suerte. Importa poco cuál sea nuestra estrategia al respecto. El tiempo es, de todos modos, transparente. Me gusta pasar mucho tiempo sin hacer nada, porque es ahí cuando surgen ideas, pero cada uno lidia con este dilema a su manera. Generalmente, lo desactivamos, que es una forma más o menos sabia de enfrentar conflictos que nos superan.

Sin embargo, hay una diferencia sutil entre desactivar y dar por sentado. El tiempo, cuando menos, tiene una ventaja. No le importa. No sabemos con exactitud qué es. Aprendimos a medirlo. Y sabemos que es impasible.

La situación cambia por completo cuando dos personas se conocen y establecen un vínculo. Si esa relación prospera, y dentro de ciertos parámetros de salud mental, lo hará si se benefician mutuamente. Más tarde o más temprano, cometerán el error de convertir al otro en parte del inventario. Esto ocurre con la salud y con nuestros seres queridos. Por eso, quizás, el tener un millón de amigos no solo es una hipérbole inofensiva, sino una metáfora de cómo a veces nos vinculamos. Nos conformamos, más bien.

Como sucede con todo lo que damos por sentado, sería muy difícil mantener cualquier relación, sobre todo las más íntimas, si fuéramos siempre conscientes de que nada es del todo seguro y que esa persona que parece que siempre estará podría retirarse sin más.

Sin embargo, el amor (en cualquiera de sus formas) tiene algo de mágico y contradictorio. Al igual que el tiempo, no lo controlamos. Esto es algo que deberíamos asumir de una vez. Podemos hacer muchas cosas, pero no sentir algo que no sentimos ni lograr que el otro sienta algo que no siente. Estamos a merced del amor del mismo modo que estamos sometidos al tiempo. Tal vez ambos estén hechos de la misma materia misteriosa e inabordable.

Pero contamos con los ritos. Si la fe es un antídoto contra la implacable tiranía del tiempo, los pequeños ritos amorosos pueden ayudar a controlar este sesgo perjudicial de pensar que el otro siempre estará. Algunos de mis favoritos son: nunca irse a dormir enojados, saludarse siempre con un beso, brindar cada noche, incluso si el día no fue bueno, y reservar un tiempo cada día, aunque solo sean diez minutos, para descansar de las batallas cotidianas, relajados en el sofá o donde sea. Sin motivo, o simplemente porque, de todas las personas del mundo, no hay ninguna otra con quien sintamos esa paz.



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