
El efecto calendario aporta un impulso psicológico con cualquier fecha que signifique comienzo; tener una segunda oportunidad en agosto quizás sea una ventaja.
El fenómeno del inicio
La idea de recomenzar de cero está profundamente arraigada en nuestra cultura. Muchos rituales religiosos y relatos míticos se basan en el renacer. Tanto que todavía se celebra el equinoccio de verano como punto de inflexión con ofrendas en los Andes y con fogatas en el Mediterráneo. Ni qué decir del equinoccio de invierno que quedó institucionalizado como Navidad.
Los lunes, el primer día del mes, el inicio del año, un cumpleaños, un feriado son cortes simbólicos en el tiempo, que invitan a empezar de cero.
Las fechas que marcan nuevos ciclos propician los propósitos. Un estudio publicado en la revista Management Science encontró que somos más propensos a comprometernos con nuestras metas al inicio de un nuevo ciclo. Los lunes aumentan el impulso en un 66%, los comienzos de mes en un 24%. Pero el inicio de año impulsa un 145%.
Occidente celebra ese inicio el 1° de enero desde que Julio César estableció que el año comenzaba ese día, medio siglo antes de que Cristo partiera el tiempo occidental en dos eras. De ahí nos viene la división en doce que el papa Gregorio XIII ajustó en el siglo XVI.
Desde entonces se despide un año en diciembre y se empieza uno nuevo en enero. O January, o janeiro, por el dios Jano, que tiene dos caras para mirar el futuro y el pasado. Pero el norte vuelve a partir el año al cierre del verano boreal.
Ese inicio de clases, de actividades parlamentarias y del ejercicio fiscal a mitad de calendario se vuelve una ventaja con la circulación global de bienes y servicios. La programación televisiva comienza con bríos cuando el sur empieza a aburrirse con la que lleva medio año. Y ya sabemos qué fácil se reemplaza el bodrio local por las novedades globales.
La liga de fútbol española empieza a finales de agosto y la Champions en septiembre, cuando el interés de las del sur empieza a concentrarse en las primeras posiciones de los clubes locales. No es casual que hasta los niños más pobres del sur prefieran las camisetas de los clubes del norte.
Si es poderoso el impulso económico de un segundo comienzo anual, no debería subestimarse el impacto emocional de esta ocasión para renovar los propósitos personales. Un estudio conjunto de universidades de Suecia y Reino Unido confirmó que la gente prefiere las fechas claves para hacer cambios en su vida.
El escepticismo ilustrado puede argumentar que un día es igual a cualquier otro. Pero los lunes, el primer día del mes, el inicio del año, un cumpleaños, un feriado son cortes simbólicos en el tiempo, que invitan a empezar de cero. Como si el pasado quedara atrás por fuerza de calendario.
El efecto calendario aporta un impulso psicológico con cualquier fecha que signifique comienzo. Considerando la cantidad de propósitos de año nuevo, tener una segunda oportunidad en agosto debe de ser una ventaja.
Quizás la ancestral prerrogativa europea resida en que llevan siglos volviendo a empezar cuando otra parte del mundo anda cerrando ciclos. Es raro que quienes gustan de proponer soluciones mágicas para las inequidades, como palabras igualitarias o mapas invertidos, se les haya pasado el efecto calendario.
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